Los libros de Canteli

12 enero 2009

“La carretera” de McCarthy

Filed under: 2009,Biblioteca,Ficción,Préstamo — www.danielcanteli.com @ 14:16

“Es un libro que sabe enganchar al lector y que se lee prácticamente de un tirón, ansioso el que lee de conocer las vicisitudes que acontecen a un padre que lucha por atravesar un terreno desolado, acechado por mil peligros, en un intento de poner a su hijo de corta edad a resguardo.
El libro tiene varios aciertos. El primero, comenzar in media res.

Otro rasgo afortunado de la novela es el lenguaje sobrio, incluso sombrío, del que McCarthy se sirve para contar la historia. Como el reflejo de un mundo sin futuro, el lenguaje se vuelve incisivo, parco, alejándose de cualquier intento de embellecerse, pero preservando a pesar de ello cierto grado de tétrico lirismo, del que el autor se sirve sobre todo a la hora de describir los paisajes desolados, cubiertos de ceniza, que los protagonistas atraviesan en su éxodo.
Pero por supuesto el mayor acierto es la historia en sí. La narración de la lucha por la supervivencia de un padre y su hijo que se encaminan hacia el sur huyendo del frío que como una maldición se extiende por toda la tierra, siguiendo una carretera abandonada que atraviesa paisajes calcinados. Una carretera que en el fondo no es más que un vestigio de lo que la vida fue antes de la hecatombe y que se convierte en un símbolo muy apropiado para representar nuestra civilización, pero que ahora se encuentra cubierta de una ceniza espesa que tapa el sol. Una carretera recorrida por hordas de hombres hambrientos que no dudan en matar (y comerse) a cualquier infeliz que se cruce en su camino, evidenciando que el hombre siempre está dispuesto a ser un lobo para el hombre, especialmente cuando las circunstancias son adversas.
Así pues Cormac McCarthy recrea una historia de supervivencia marcada por el agotamiento, el frío, el hambre y el miedo del padre, al que todavía asaltan recuerdos del mundo colorido que conoció en su niñez, antes de que fuese sepultado por toneladas de ceniza tóxica. Pero también quiere dejar el autor una puerta abierta a la esperanza, representada en la actitud cándida del niño cuya bondad sorprende pese a haber nacido y sido criado en un entorno hostil rodeado de muerte y destrucción, donde la vida es un esfuerzo continuo y conservarla un milagro. presentando a los protagonistas de la historia, un hombre y un muchacho a los que McCarthy jamás designa por un nombre propio (en un intento tal vez de significar con ello que son simplemente dos representantes de la raza humana en medio de una tierra devastada), caminando hacia el sur en busca de un clima más benigno por una carretera que atraviesa parajes calcinados, pueblos abandonados, ríos sucios en los que no queda vestigio de vida. El yermo asolado que padre e hijo atraviesan es el tercer protagonista de la historia, aunque igualmente tampoco sabemos cuál es su origen. Pequeñas pistas se ofrecen sin embargo a lo largo del texto, apuntando hacia una catástrofe nuclear que terminó con la vida en la Tierra tal como la conocemos ahora, catástrofe de la que apenas existen supervivientes. Y este planteamiento de la historia, lleno de incógnitas, contribuye a que el lector se aplique a la lectura deseoso de conocer los detalles que McCarthy sabiamente raciona, manteniendo la incertidumbre y obligando al lector a suplir con su imaginación aquella parte de la historia que el autor no cuenta”.

http://www.solodelibros.es/07/11/2007/la-carretera-cormac-mccarthy/

La carretera narra el viaje de un padre y un hijo por una ruta del sur estadounidense. Es un viaje mítico, un viaje hacia el sur, un éxodo de zonas frías. Algo ha pasado y el mundo se convirtió en cenizas, la atmósfera adquirió un tono oscuro y después de ciertos años, desde el macadam, puede verse caer a los árboles muertos todavía en pie, en dominó y atronadores. Estos dos personajes se cruzan con pocos hombres y escasas mujeres en su periplo. Por eso la espera del prójimo es ambigua, con él vendrá el miedo. ¿Cómo continuar la formación del alma del pequeño bajo esas circunstancias? (Encima: el pequeño es un kantiano irredento y el padre, un médico).
El viaje es mítico, además, porque se trata de la frontera, del pionero. En la carretera le habla al oído a Paul Auster y le dice que podría haberlo hecho mejor.
El conteo minucioso de los botines, el carrito de supermercado, las fechas de vencimiento de los envases, las cadenas de frío, las secuencias bromatológicas: el escenario cultual que reclama la humanidad frente a una góndola. La fiereza, el canto optimista, de la elección entre marcas líderes. Esa iteración que en un famoso texto de Ellis coaguló las fantasmagorías de un asesino serial, en Coetzee devino en la contigencia aventurera del encuentro del hombre y la naturaleza (clasificación de animales, paisajes, accidentes), como único modo de escapar de la ineluctable mecánica del poder humano. En el libro de McCarthy se respiran los sueños políticos de los hombres, los lobos y los corderos, y se buscan en un mapa mientras el frío demuele: a los productos el Desastre les ha devuelto su aura, no porque sean escasos como reza el manual de economía sino porque son los últimos, los últimos que el niño probará. Entre tanto misterios, cifras y enigmas, uno sólo de ellos es el importante. Y esa preocupación por la descendencia de un hombre que va a morir emparenta a En la carretera con el eclesiastés, molde y figura de las reflexiones aciagas. Por eso es que el título de este post recuerda a J.G. Ballard (y no a Von Däniken) porque en La sequía, sus paisajes sólo pueden ser leídos como huellas de lo humano. En En la carretera el padre se pregunta en un momento acerca de cómo narrar íntegramente el pasado cuando en ese relato ya está inscripta la desaparición de aquello de lo que se pretende hablar. No hace falta evocar, parece decirle el hijo.

http://tapera.info/?p=356


Hay novelas que a uno lo dejan completamente indiferente, es más, pasados los días ya apenas sí recuerda de qué iba el asunto que proponían, y su atmósfera se ha perdido por completo en el interior del lector sin haber dejado ni siquiera el rastro de un mal perfume. Ese tipo de libros, con el tiempo, cuando uno va haciéndose mayor y parece que pierde la vergüenza de equivocarse ante sí mismo, es mejor dejarlos arrinconados cuanto antes, a las pocas páginas degustadas si uno presume que la cosa va a terminar en nada, o lo que es peor, en algo prescindible.

Otras veces, por el contrario, las páginas de la novela leída le dejan a uno un rastro señalado a fuego, como si el libro fuera sencillamente un soplete cuya llama se ha aplicado a conciencia sobre la piel, la carne, las mismas entrañas dejándolas palpitantes y desnudas. Esto es lo que me ha ocurrido con el último premio Pulitzer y libro más vendido del año en los EE.UU, La carretera de Cormac McCarthy, trabajo que ha publicado el sello Mondadori en traducción de Luis Murillo Fort.

Responde en gran medida la literatura de Cormac McCarthy, incluso su propia presencia física vislumbrada en las no muchas fotos que ofrece internet, a lo que el imaginario de los lectores europeos hemos ido construyendo con respecto a la narrativa norteamericana del siglo XX, desde Jack London o Ernest Hemingway, por ejemplo. Es decir, una forma de narrar, de contar historias por escrito, muy cercana a lo que podríamos entender por “viril” (recia, contundente, sobria, concisa, compacta, directa…), y alejada por completo de delicuescencias culturalistas y esteticistas, de divagaciones más o menos afortunadas en torno a  filosofías, políticas y demás añadidos y condimentos que suelen acompañar las propuestas narrativas a este lado del Atlántico. En efecto, McCarthy y sus libros encajan bastante bien con esa idea planteada de “sobriedad” y “contundencia” narrativa, vamos, de plantear una historia para centrarse en ella y resolverla  apelando al castizo “al pan, pan y al vino, vino”, ni siquiera planteándose un instante el “irse por las ramas”, el iniciar divagaciones en torno a…, sobre que…., demostrando…

Estamos ante un claro viaje iniciático (como el que propone Stevenson en La isla del tesoro), pero en el que todo empieza y termina en una desolación de marcado carácter  nihilista, un viaje que es, a la vez, principio y fin, inicio y término, una nada sólo aliviada por la memoria y sus recuerdos que lleva directamente a la nada

Si acudiésemos para entender lo que estoy queriendo decir al ejemplo del cine diría lo siguiente. En las novelas de McCarthy no se mueve la cámara para obtener hermosos efectos; los planos, los encuadres son los justos y necesarios para hacer avanzar la historia; los héroes tienen el diálogo justo para trasladar su carácter y visión del mundo; no hay zooms, ni travellingsLa carretera se presenta a sí misma como un caso contundente, incuestionable. amanerados…. La cámara se sitúa en el mejor lugar posible para que el espectador conecte y comprenda lo que se le cuenta, la historia. En este sentido,

Hemos de suponer que toda la acción que presenta La carretera tiene lugar después de una guerra nuclear en un territorio indeterminado de los EE.UU, cerca de una costa y en un lugar de temperaturas frías y húmedas. Lo hemos de suponer porque McCarthy no lo subraya, y deja que sean los hechos, los acontecimientos y la puesta en escena de su relato los que den pie al lector a pensarlo. En ese escenario de pura y radical desolación, de violencia palpable por que la violencia lo ha arrasado absolutamente todo, un padre y su hijo pequeño, un hijo de poco más de diez años, avanzan por una carretera cargando con unos pocos enseres sobre sí mismos y en un simbólico carro de supermercado. No hay destino, se trata sólo de avanzar hacia la costa, hacia el mar, tentando desde el racional desánimo la suerte de encontrar quizá una salvación a la que poner un nombre. Se trata de sobrevivir a lo irracional desde una racionalidad sin futuro alguno, de seguir vivos porque no hay otra solución, de avanzar por la desolación de una carretera desolada que sólo lleva a la más completa desolación: la nada.

Pero este avanzar por la nada incluye además un peligro real e inminente, brusco: topar con los escasos supervivientes que unidos en manada de alimañas buscan a otros supervivientes con los que satisfacer las pulsiones más primarias, incluida claro la del hambre.

Estoy seguro que en muy pocas ocasiones podré volver a escribir que un escenario literario encarna de forma tan cruda y perfecta la desolación metafísica en la que se desenvuelven los personajes que por él transitan

En este escenario de ciencia ficción, y que prácticamente es el mismo de principio al fin en el avance de la novela por la famosa carretera que le da título, McCarthy plantea a lo largo de poco más de 200 páginas una conmovedora, alucinante e inolvidable historia que lo es de amor filial y de amor a la pura supervivencia, no pudiéndose entender ninguno de los dos amores sin el otro.

Con un planteamiento narrativo semejante al que tienen algunos de los más grandes wersterns del cine americano, McCarthy sitúa a sus casi dos únicos personajes, padre e hijo, hombre y niño, en una especie de “territorio comanche” en el que el peligro acecha detrás de cada curva del camino, detrás de cada árbol, de cada pequeña colina. Así, en un paisaje infernal infestado de enemigos, los dos personajes no cabalgan juntos (como en la película de John Ford) sino que andan juntos siendo cada uno de ellos la razón de ser del otro, la única razón de seguir adelante. En este sentido estamos ante un claro viaje iniciático (como el que propone Stevenson en La isla del tesoro), pero en el que todo empieza y termina en una desolación de marcado carácter  nihilista, un viaje que es, a la vez, principio y fin, inicio y término, una nada sólo aliviada por la memoria y sus recuerdos que lleva directamente a la nada.

En las páginas aparecen algunos otros personajes, muy pocos y secundarios, que vienen a apuntalar y ennegrecer de algún modo la situación del padre y del hijo. Pero McCarthy ha creado en La carretera otro personaje de importancia infinita, omnipresente y poderosísima, cuya presencia marca de principio a fin todo el andamiaje de la novela. Me refiero al paisaje inhóspito, al clima atmosférico de desazón húmeda, maloliente y fría que logra transmitir al lector. Pocas veces la descripción, la puesta en escena de un paisaje en una novela me ha afectado tanto, me ha hecho sobrecogerme, me ha dejado tiritando y con una sensación de incomodidad física tan palpable como la que McCarthy plasma en este espléndido relato. Estoy seguro que en muy pocas ocasiones podré volver a escribir que un escenario literario encarna de forma tan cruda y perfecta la desolación metafísica en la que se desenvuelven los personajes que por él transitan.

La metáfora acuñada por McCarthy en La carretera es sin duda ninguna brutal, y lo es desde cualquier punto de vista, desde el material y el espiritual, logrando así una narración modélica, densa, cruda, sólida, sin adornos, propia de un maestro insertado ya en la gran tradición de literatos estadounidenses con pulso de acero e historias sin respiro. La lógica indica que esta novela debe convertirse en guión y ser dentro de un tiempo una película con posibilidades a cientos. El riesgo será el de acabar convirtiendo este cuento metafísico, construido a golpe y canto de literatura recia y épica, en un Mad Max para adolescentes en el que la desolación de la nada esté sólo en el barro del camino, y no en el lodo del espíritu de unos tiempos en los que la historia de La carretera puede tener muy poco de ficción.

Por Juan Antonio González Fuentes, domingo, 02 de diciembre de 2007

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